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viernes, 10 de abril de 2015

Los cuentos de... La cocina de Inna

(Al final de la entrada se encuentran los títulos y enlaces de cada cuento)
La mayor parte de la gente cree que conoce de lo que habla con supremacía de experiencia. La mayoría de las personas que vienen a comer aquí se sienten seguros de su posición, dueños de sus pertenencias, conocedores de su profesión. A mí me gusta observarlos sentarse frente a frente y lado a lado, a veces solos, a veces ausentes aunque acompañados, y vacíos, sin guía, temblando.

Muchas personas me han dicho al paso de los años que debí haberme dedicado a otra cosa, que siendo tan “estratégica”, en palabras de algunos, o tan “maquiavélica” en las de otros, debí ser abogada, ejecutiva de ventas, asesora de negocios, algo… rapaz, pero no identifican a una artista cuando la tienen enfrente, y como algo de lo que si estoy segura es que no estoy hecha para educar a nadie, no soy quien deba mostrarles que a veces los artistas son más rapaces que el más ladino vendedor, y el talento artístico puede expresarse de distintas formas, por ejemplo, con suculentos platillos, la sazón es sin duda un fino don.

Aquí a mi local vienen a darnos todo un festival los psicólogos, los maestros, los alumnos, los licenciados, músicos, amas de casa frustradas, vendedores y abogados, todo tipo de personajes que me cuentan sus historias entre líneas a labios cerrados, ceños fruncidos, miradas escondidas de sueños de amantes y un sinfín de caricaturas con gestos burlones juguetes de la vida. Las madres que evaden el hecho de sus hijas promiscuas, los tíos arrogantes que se orinan en los pantalones si los miras a los ojos un poco más profundo, por decir algunos más.

Lo cierto es que todos andamos bailando en este circo, con rictus deformados, intentos de humanidad, sólo intentos. Y así es como se han ido configurando, con las sombras de esta mente con que se me ha regalado y las luces de las cosas que quienes vienen nunca pueden ocultar, sus pecados.

Me gusta mirarlos atroces y grotescos como guardan las apariencias detrás de los gestos semi-señuelos, ocultando, pretendiendo, descarnados, agonizantes, dan risa y dan miedo, coraje, repudio y frustración, pero como soy un persona práctica de gustos exquisitos como cualquier otro escritor, me siento a degustarlos muy lento.

Cada vez que los veo les busco las luces radiantes detrás de las sombras en sus ojos distantes y puedo mirarlos un poco mejor. A algunos de mis visitantes suelo recordarlos más claramente y recorro sus historias conociendo el final fulminante desde muchas semanas antes de que alguien lo pueda vislumbrar.

El primer juego del titiritero que pude notar fácilmente fueron los rotantes amantes. Casi como si se tratara de un patrón repetitivo milenariamente, los amantes. Los amantes nuevos que se vuelven añejos, acedos y entonces se rompen sus biangulares estructuras para armar otras, silenciosas, que organizan como si se robaran una galleta más de las dispuestas para cenar, ojos relucientes, mejillas sonrojadas, los nuevos amantes. Ninguna estructura más pura que la otra, todas todas igual de ilógicas y cómicamente construidas, todas en pos de amarse tanto, todas con miras de fracasar una vez más.

I. Los amantes

II. La escritora

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